





El exilio institucional: El Gobierno autonómico vasco y sus delegaciones en el exterior (1937-1965) (III/III)
Oscar ALVAREZ GILA, CBS-UNR Reno
Eneko SANZ GOIKOETXEA, Universidad del País Vasco
El exilio institucional: El Gobierno autonómico vasco y sus delegaciones en el exterior (1937-1965) (I/III)
El exilio institucional: El Gobierno autonómico vasco y sus delegaciones en el exterior (1937-1965) (II/III)
Un exilio dentro del exilio: hacia América
La corriente migratoria después de la última guerra civil española a la que nos hemos referido varias veces, ha supuesto también para la obra vasca de América una aportación que no podemos silenciar. Nos referimos a la existencia de Delegaciones del Gobierno de Euzkadi en la mayoría de las capitales americanas. Estas Delegaciones, por su labor de aglutinación y de impulso de todas las actividades vasquistas, están en el origen de gran parte del incremento de la obra vasca del nuevo continente.1
La rápida, y por ello más inesperada derrota de Francia ante la ofensiva de la Blitzkrieg alemana en la primavera de 1940, puso nuevamente a las instituciones del exilio español republicano en la tesitura de una nueva huida precipitada, un exilio dentro del exilio. Barridos casi todos los refugios en el continente europeo —Londres sería la única excepción—, con el gobierno descabezado por la desaparición del propio presidente, copado por el avance de los alemanes en Bruselas —permanecería desaparecido por un periodos de once meses, hasta su reaparición pública en Montevideo—, las miradas se pusieron en el continente americano. El propio Gobierno vasco gestionaría algunos acuerdos para privilegiar la aceptación de los exiliados vascos a Argentina y Venezuela. A ello seguiría, muy rápidamente, el establecimiento de delegaciones en las principales capitales del continente, tomando como base el asentamiento previo de colectividades inmigrantes. Las Delegaciones añadirían de este modo, a sus anteriores cometidos, uno nuevo de propaganda, difusión y búsqueda del apoyo material y moral de los vascos del exterior.
Ya en octubre de 1940, Manuel de Irujo había hecho hincapié en la división de las comunidades vascas en centros separados por fracturas ideológicas, algo que achacaba a ser “consecuencia de la situación de Euzkadi y de la carencia de conciencia en el momento en que los vascos salieron de Euzkadi”2. De hecho, como reconocería en 1943 el propio lehendakari, una de las primeras labores que hubo de realizar en América fue enderezar una situación adversa que no dudaba en calificar de “caos”3: “Cuando yo llegué a América encontré todo desolado pero en pié aun. Comenzó la labor de reconstrucción y vino la ayuda abundante de nuestros compatriotas, viejos emigrantes por lo general, que acudieron a mi llamamiento con largueza”4.
La implantación de las Delegaciones vascas en América se produjo en dos, o quizá tres oleadas sucesivas, entre 1938 y 1942. Inicialmente, cuando todavía estaba activa la Guerra Civil española, entre 1938 y 1939, se creó un número limitado de Delegaciones en algunos de los puntos de mayor importancia del continente, por su relevancia política (Nueva York) o por la notable presencia inmigrante vasca allí residente (Buenos Aires o México, por ejemplo). Tras la rápida modificación del panorama en Europa con el estallido de la Guerra mundial, y con el traslado a América de destacadas personalidades políticas vascas, entre ellas algunos miembros del propio Gobierno Vasco, en 1940 se extiende la red de delegaciones a otros países, por impulso del provisional Consejo Nacional Vasco radicado en Londres (orden del 4 de octubre). En el propio acta fundacional del Consejo, marcada por la incertidumbre y la provisionalidad ante la rapidez de los acontecimientos bélicos en la Europa continental, se centraba en la importancia del aparato administrativo de las delegaciones como base sustentadora de la continuidad de la política vasca:
Las gestiones y la administración de los intereses vascos, la guarda de sus caudales, la orientación política de las delegaciones y la unidad orgánica vasca, exigen que se actúe sin solución de continuidad. Unos meses moviéndose cada cual por su cuenta, nos llevarían al caos político deshaciendo toda la obra hecha a tanta costa. Eso hay que evitarlo a cualquier precio, como hay que evitar que por falta de fondos se cierren las Delegaciones o por no existir quien las designe nuevos Delegados vacantes.5
Este proceso será asumido y promocionado por el propio lehendakari Aguirre tras su reaparición sano y salvo en Uruguay, y sería él mismo el que, en un largo periplo durante 1942 que le llevó por la práctica totalidad del continente americano, promovería con su presencia la formación de nuevas delegaciones, incluso en países en los que la presencia vasca era muy reducida o casi testimonial. El propio Aguirre señalaría, tras finalizar este recorrido, que “mi alegría ha sido muy grande cuando a mi regreso he visto que las Delegaciones funcionaban y que en lugar de desaparecer las existentes han sido creadas otras. Éste es uno de esos tantos prácticos que valen mucho, y que se debe a vuestra actuación ayudada por los delegados”6.
Ese mismo año 1942, además, se dan los pasos para establecer una especie de organigrama más o menos congruente al entramado de delegaciones vascas en América (algo sobre lo que ya se había previsto actuar durante el proceso de creación de delegaciones por parte del Consejo Nacional Vasco), aprovechando la llegada a este continente de grupos de exiliados de alta significación política (Cuadro nº 1). San Sebastián7 señala en concreto el arribo a Veracruz en el vapor Nyassa, el 22 de mayo de 1942, de un grupo de políticos, cuya presencia sería aprovechada para otorgar una mayor dimensión y racionalidad a las Delegaciones:
Antón Irala —que viaja acompañado de Telesforo Monzón— se instala en Nueva York, para reforzar la Delegación, ya que Ramón de la Sota Mac Mahón se ha alistado en el Ejército norteamericano. En una reunión con Aguirre, se decide que Monzón ostente la representación oficial del Gobierno Vasco en México, coordinando la actividad de los otros tres consejeros [se refiere a Aznar, Nárdiz y Toyos], mientras Julio de Jáuregui se haría cargo de la Secretaría General de la Delegación —ya había ocupado el mismo puesto en Barcelona—. Asimismo le encarga la elaboración de un censo de refugiados vascos en América. Por su parte, José María de Lasarte se encargaría de la coordinación de las Delegaciones y la captación de fondos, mientras que Pedro de Basaldúa se trasladaba a Buenos Aires para reforzar la Delegación.8
La financiación del Gobierno Vasco y su entramado institucional en el exilio representaba, ciertamente, uno de los problemas capitales tras la doble pérdida de la derrota en la Guerra Civil y la precipitada huida de Europa que había dejado todos los activos del Gobierno Vasco en manos de sus acérrimos enemigos.12 El problema del sostenimiento económico del Gobierno sería uno de los elementos clave en las décadas sucesivas13, sobre todo desde el momento en que se fue percibiendo, desde la desesperanza, que las perspectivas de un pronto retorno a la democracia y el fin del exilio eran cada vez más remotas. Paulatinamente, ya no sería el Gobierno el que dotaría de presupuesto a las Delegaciones para su actividad, sino que éstas asumirían, entre sus funciones, la promoción de acciones para la consecución de fondos para el sostenimiento del Gobierno, especialmente mediante colectas y acciones similares en los círculos de las colectividades vascas. Durante las décadas de 1950, 1960 y 1970, se repetirían con frecuencia los llamamientos “a todos los vascos demócratas residentes en México [y en otros países americanos] instándoles a que sigan prestando su colaboración moral y económica a la obra que viene desarrollando el Gobierno Vasco contra el régimen dictatorial del Estado español”.14
1 LASARTE, J.M. de; “Los vascos en América”, VIIème Congrès d’Etudes Basques. Eusko Ikaskuntzaren VII. Kongresua. VII Congreso de Estudios Vascos (7, 1948. Biarritz), Donostia, Eusko Ikaskuntza, 2003, pp. 341-344, cit. en p. 344.
2 JIMÉNEZ DE ABERASTURI CORTA, J.C.; De la derrota a la esperanza. Políticas vascas durante la Segunda Guerra Mundial (1937-1947), Bilbao, IVAP, 1999, p. 353.
3 Ibidem, p. 352.
4 CENTRO DE DOCUMENTACIÓN DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA DEL PAÍS VASCO, Leioa (Vizcaya), Colección Archivo de Santiago Aznar, Carta de Aguirre a S. Aznar. 22 de septiembre de 1943.
5 Acta de constitución del Consejo Nacional de Euzkadi y parte del acta de una reunión del Comité Permanente del Consejo Nacional de Euzkadi. Londres, julio 11y 15, 1940. Copias. En GOIOGANA, I.; X. IRUJO y J. LEGARRETA; Un nuevo 31..., 2007, pp. 378-379.
6 Carta de José Antonio Aguirre a José Ignacio Lizaso y Manuel Irujo. Nueva York, diciembre 3, 1941. Original. AN-GE-465-2. En GOIOGANA, I.; X. IRUJO y J. LEGARRETA; Un nuevo 31..., 2007, pp. 402-421
7 SAN SEBASTIÁN, K.; El exilio vasco en América. 1936/1946 - Acción del Gobierno, San Sebastián, Txertoa, 1988, p. 9.
8 Ibidem. En gran medida, esta estructura no hacía sino poner en práctica lo que ya había determinado el Consejo Nacional Vasco en su decreto del 4 de octubre de 1940 sobre “reorganización y potenciación” de las Delegaciones. Como señala Ugalde Zubiri (La actuación internacional del Gobierno Vasco en el exilio (1939-1960), Programa de Becas Postdoctorales de Perfeccionamiento del Personal Investigador, Universidad del País Vasco, investigación inédita, 1997, pro manuscripto): “Se establecieron dos categorías: las ‘generales’ y las ‘locales’, dependientes éstas de aquellas. Las Delegaciones Generales eran cuatro: 1) Nueva York -a su jurisdicción pertenecerían las delegaciones locales de las ‘Antillas’ y Filipinas-; 2) México; 3) Caracas —de la que dependían las delegaciones en países de Centroamérica, Colombia y Ecuador—; y 4) Buenos Aires —a la que quedaban ligadas las representaciones en Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú y Brasil—. Entre otros extremos de su funcionamiento, se dejaba claro que los delegados deberían seguir las orientaciones emanadas del CNV y que la financiación de las Delegaciones correspondía a las comunidades vascas establecidas en los países donde se ubicasen”. También JIMÉNEZ DE ABERASTURI CORTA, J.C.; “Los vascos en la II Guerra Mundial. De la derrota a la esperanza”, Oihenart. Cuadernos de Lengua y Literatura, Donostia, 14 (1997), pág. 57-84.
9 Desde 1950 se convierte en la sede oficial del Gobierno Vasco en el exilio.
10 Fue refrendado en el cargo por el nuevo Gobierno vasco, manteniéndose hasta 1982.
11 Aunque Amézaga nunca llegaría a ser nombrado oficialmente Delegado, ejerció de facto este puesto durante los años que estuvo destacado en Montevideo.
12 UGALDE ZUBIRI, A.; La actuación internacional..., 1997.
13 “Reunión del Gobierno de Euzkadi en Europa”, OPE, nº 33, 17 de junio de 1941.
14 “Ratificación de apoyo al Gobierno de Euzkadi”, OPE, nº 3159, 18 de mayo de 1960.
José Antonio Aguirre Lecube
Abogado y político vizcaíno, nacido en Bilbao el 6 de marzo de 1904.
Pertenecía a una importante familia vizcaína que pronto implantaría en su industria avanzadas mejoras sociales. Cursa sus primeros estudios en el colegio de los PP. Jesuitas de Orduña y los prosigue en la Universidad de Deusto. Se establece como abogado en 1929. Formado en el ambiente católico y social que caracterizaba a su hogar y su empresa familiar, se inicia en la vida pública como presidente de las Juventudes Católicas de Vizcaya y luego como miembro del Consejo Supremo de la ACE y propulsor de inquietudes vasquistas y católico-sociales.
En 1931, a los 27 años, es elegido concejal y alcalde de Getxo (Vizcaya). El 28 de junio, después de proclamarse la segunda república, es elegido diputado a las Cortes Constituyentes, simultáneamente por Vizcaya, PNV, y por Navarra, conjunción católico-fuerista. En las Cortes fue secretario de la minoría Vasco-Navarra de la que era presidente Joaquín Beunza. En sus brillantes intervenciones del periodo constituyente se destacó como un notable tribuno, pidió la derogación de la Ley de 1839, defendió la libertad de enseñanza y se opuso a la Ley de Congregaciones que implicaba la disolución de los Jesuitas. En calidad de alcalde de Getxo presidió la comisión de alcaldes del país en pro de la aprobación de Estatutos de Autonomía como fórmulas jurídicas de integración estatal. Desde 1931 su personalidad se impuso como la más destacada del PNV.
La trayectoria política de esta agrupación durante el periodo republicano se explica en su obra Entre la libertad y la revolución, 1930-1935; La verdad de un lustro en el País Vasco. Bilbao, 1935. El 19 de noviembre de 1932 fue elegido nuevamente diputado a Cortes por Vizcaya por el PNV. En las últimas elecciones de la República, el 18 de febrero de 1936, es elegido por tercera vez diputado. Durante la guerra de 1936, el día 1.° de octubre, las Cortes aprueban el Estatuto de Autonomía del País Vasco. Y el día 7 de octubre del mismo año, los alcaldes, reunidos en Gernika, lo eligen presidente (Lehendakari) del Gobierno autónomo. Al frente de su gobierno reforzó la unión política con sus aliados, reestableció el orden público, mantuvo el culto en su jurisdicción y organizó a los gudaris y milicias.
En la última fase de la lucha en Vizcaya tomó personalmente el mando de las fuerzas armadas. En el breve periodo de su mandato creó la Universidad Vasca o Ikastola Nagusi, que empezó a funcionar en Bilbao. También se imprimieron moneda divisionaria, billetes y sobres de correo aéreo. Con la caída de Bilbao, el 19 de junio de 1937 se traslada a París y el mes de agosto de 1937 se instala en Barcelona. En enero de 1939 se traslada a Francia y Bélgica con sus colaboradores. La Segunda Guerra Mundial le sorprende en Bélgica, donde una hermana suya muere en un bombardeo alemán. Perseguido por el nazismo se oculta en Berlín. Las más dramáticas vicisitudes por las que atraviesa para trasladarse a América las relata en su libro De Guernica a Nueva York pasando por Berlín.
En 1941 ocupa el cargo de profesor de Historia Contemporánea de España, en la Universidad de Columbia, en Nueva York. En 1945, antes de terminar la Segunda Guerra Mundial, vuelve a París, donde continúa como presidente del Gobierno Vasco autónomo, hasta que fallece el 22 de marzo de 1960. Su cuerpo fue trasladado a Lapurdi, al cementerio de San Juan de Luz. Sus discursos ante las Cortes de Madrid y en diversas Cámaras americanas han sido publicados en varios idiomas, lo mismo que sus mensajes de Gabón o Nochebuena.
En 1944 se publica en Buenos Aires un volumen recogiendo: Cinco conferencias pronunciadas en un viaje por América: "Mis impresiones sobre Alemania"; "El sentido histórico de la dignidad humana y de la libertad entre los vascos"; "La posición de un creyente ante la crisis de la caridad"; "El Padre Vitoria visto por un vasco" y "El sentido democrático, el sentido nacional y el de la libertad de los pueblos en los momentos actuales" (Editorial Ekin). Le sorprende la muerte cuando escribía una Historia del País Vasco. Bajo el título de Fin de la Dinastía Pirenaica. Reinado de Sancho el Fuerte, se ha, publicado, en los números 60, 61, 62 y 64 del "Boletín Americano de Estudios Vascos", años 1965-66, una parte de su obra póstuma.
En abril de 2004 el primer lehendakari del Gobierno vasco, José Antonio Agirre (1904-1960) fue nombrado hijo adoptivo de Getxo, municipio vizcaíno del que fue alcalde en 1931.
El exilio institucional: El Gobierno autonómico vasco y sus delegaciones en el exterior (1937-1965) (I/III)
Oscar ALVAREZ GILA, CBS-UNR Reno
Eneko SANZ GOIKOETXEA, Universidad del País Vasco
El exilio institucional: El Gobierno autonómico vasco y sus delegaciones en el exterior (1937-1965) (II/III)
El exilio institucional: El Gobierno autonómico vasco y sus delegaciones en el exterior (1937-1965) (III/III)
Hace ya varias décadas que el exilio ha sido aceptado en la historiografía como una de las más importantes consecuencias de la Guerra Civil de 1936-1939.1 Tras el paréntesis obligado de cuarenta años debido a la persistencia del régimen político dictatorial que gobernó España a causa de su victoria en la contienda, la vuelta de la democracia tras la muerte de Francisco Franco trajo consigo igualmente la recuperación de aquellos aspectos de la memoria histórica del pasado reciente que habían sido ocultados o interpretados únicamente desde la ortodoxia ideológica del régimen vencedor en la guerra. El fin de la dictadura franquista supuso también, en algunos casos la desaparición voluntaria, y en otros casos el retorno de todas aquellas instituciones del estado republicano español que, tras ser expulsadas por la derrota, se habían mantenido en el exilio otorgando una “ficción de continuidad” a lo que ya desde épocas muy tempranas se definió como “depósito de la legitimidad democrática” republicana, frente a un régimen político basado en la carencia de libertades políticas, la represión de todo conato de oposición, surgido precisamente de una rebelión militar contra sus propias autoridades civiles. Fundamentalmente fueron cuatro los órganos del entramado gubernamental republicano que pervivieron en esta situación tras el final de la guerra: el parlamento, el poder ejecutivo central (presidencia, presidencia de gobierno y consejo de ministros), y los ejecutivos autonómicos catalán y vasco. Existió, por lo tanto, un exilio institucional, que no sólo se superpuso, sino que en gran medida estuvo fuertemente ligado en su origen y desarrollo a las vicisitudes individuales y grupales del exilio personal. El caso del Gobierno Vasco, y su entramado institucional exterior, fue buen ejemplo de ello.
Autogobierno en tiempos de cólera: el nacimiento del Gobierno Vasco
El 7 de octubre de 1936 la Gaceta de Madrid, boletín oficial del gobierno republicano, publicaba en su número 281 el texto del nuevo Estatuto Vasco, aprobado pocos días antes en las Cortes Generales. En la disposición transitoria primera de su articulado se establecía que “en tanto duren las circunstancias anormales producidas por la guerra civil, regirá el país, con todas las facultades establecidas por el presente Estatuto, un Gobierno provisional”, que sería elegido por los concejales de los ayuntamientos vascos que estuvieran en disposición de otorgar libremente su voto por no hallarse bajo el dominio de los militares rebeldes. El mismo día resultó elegido para el cargo de primer lehendakari el nacionalista José Antonio de Aguirre y Lecube, que se puso al frente de un gobierno de concentración en el que se hallaban presentes todas las fuerzas leales a la República, casi todas ellas del ámbito de la izquerda. El contexto en el que nacía el Gobierno Vasco era, simplemente, terrible. Tras los fallidos intentos por establecer la autonomía vasca desde el advenimiento de la II República, la guerra se había iniciado sin concretar las expectativas de avanzar en el proceso autonómico generadas con la vuelta al poder de las izquierdas. De hecho, la sorprendente rapidez con la que las cortes republicanas aprobaron el nuevo texto estatutario, una vez estallada la guerra, tenía más que ver con la intención de asegurarse la confianza de las fuerzas nacionalistas vascas y su implicación en el bando republicano, antes que cualquier otra consideración. Pero para entonces, el territorio asignado en el Estatuto al nuevo Gobierno Vasco era más un desideratum que una realidad, ya que sólo pudo ejercer sus competencias en un ámbito muy disminuido, reducido prácticamente a la provincia de Vizcaya con algunos pequeños territorios en la zona norte de Álava o en la frontera de Guipúzcoa.
“Las circunstancias anormales” a la que hacía referencia la ley estatutaria no llegarían a desaparecer. En junio de 1937, el Gobierno Vasco iniciaba, a través del puerto de Santander, un viaje al exilio que lo llegaría por París, Barcelona, París nuevamente, Nueva York y, desde 1947, definitivamente de vuelta en París. En total, este ejecutivo habría vivido, hasta su extinción formal en 1980, siete meses de gobierno efectivo en el propio País Vasco, y cuarenta y un años de resistencia en un exilio que tuvo como escenario tres países y dos continentes. La premura en la constitución y las dificultades añadidas para ello por las condiciones bélicas, sin embargo, no serían óbice para que el recién constituido Gobierno comenzaría a desarrollar, ya desde fecha muy temprana, la organización de un aparato de representación exterior —concretado bajo el nombre de “Delegaciones”—, que serían un elemento capital en la continuidad del propio gobierno, en su sostenimiento material en el exilio, y en la labor de interlocución política y difusión propagandística que fue la base de su actividad durante buena parte de los años del exilio. Gobierno y delegaciones vascas serían, de este modo, las dos caras complementarias del mantenimiento del entramado institucional del autogobierno vasco durante los años del exilio.
Los primeros esbozos de una “política exterior” del Gobierno vasco se produjeron durante los meses en los que su sede se mantuvo en la ciudad de Bilbao, prácticamente sitiada por el ejército franquista. La “ayuda humanitaria” a las víctimas inocentes de la guerra, que aunque no existía por aquel entonces como concepto universalmente admitido en el derecho internacional, sí que era una realidad, fue uno de los principales ámbitos en los que se centró dicha política: en especial, el establecimiento de colonias infantiles de refugiados en Francia, Inglaterra, Bélgica y la Unión Soviética2; o los problemas que el bloqueo del puerto de Bilbao por parte de la poderosa flota franquista generaban a la evacuación y ayuda humanitaria a la población vizcaína que fueron, por ejemplo, objeto de debate en varias ocasiones en la Cámara de los Comunes del Reino Unido.3 Pero fue, sin duda, el eco internacional que tuvo el bombardeo de Guernica el que permitió al Gobierno Vasco plantearse una campaña de difusión internacional a una escala que hasta entonces no habría pensado posible, tomando como base el horror que los principales medios de comunicación mostraron ante el ataque aéreo masivo e indiscriminado contra una población civil indefensa.4
Fue también este momento cuando se crearían las primeras Delegaciones, abiertas en dos frentes. Por un lado, el Gobierno Vasco nombró representantes en otras ciudades españolas, primero en Madrid5, y posteriormente en Valencia y Barcelona, en todos los casos, teniendo como uno de sus objetivos servir de enlace con el gobierno central republicano, a lo que se unían otras tareas como la propaganda o la atención a la población vasca allí residente.6 Estas delegaciones, que no durarían más allá de la derrota republicana, tuvieron sin embargo la importancia de marcar el modelo organizativo de las que se abrirían posteriormente en otros países. Como señala Ugalde Zubiri, “la fórmula más corriente [de su composición] fue: 1) Un delegado, máximo responsable político y encargado de los contactos de mayor envergadura político-diplomática; 2) Un secretario general, coordinador de la Delegación y secundando la labor del delegado; y 3) Otros miembros o vocales, como un abogado, un periodista y un tesorero”7. La delegación de Barcelona8 acabaría adquiriendo una mayor importancia que las otras dos, desde el momento en el que se instalaría allí la presidencia de la República y, desde septiembre de 1937 —tras unos breves meses de residencia en París— el propio Gobierno vasco, expulsado ya de la ciudad de Bilbao. La llamada Delegación de Euzkadi en Cataluña llegaría así a ejercer una variada actuación, especialmente en lo referido a la organización de los contingentes de refugiados vascos que se habían trasladado a territorio leal republicano para seguir participando en la lucha contra el bando nacional:
(...) se creó una milicia vasca, la cual tenia su sede en la población de Pins del Vallès (Barcelona); se buscó una solución para que los niños pudieran seguir estudiando en la retaguardia, inaugurándose la primera Ikastola de Cataluña en la plaza del Pi, en el local de la “Biblioteca Apel-les Mestres”; se organizó un servicio médico, teniendo como personaje de relieve al doctor Sánchez Llistirellas, fallecido en 1937; se documentó a todos los refugiados con un carnet que los acreditaba como vascos, y cuyos impresos eran repartidos por los Mossos de Esquadra; se buscó trabajo a hombres y mujeres a pesar de las dificultades; se estableció, en buena parte a través de los mismos refugiados, un nexo entre las dos zonas, tanto a través del correo, como de servicios de transporte, que pasaban por Francia para llegar finalmente a Bilbao; se creó un periódico independiente, Euzkadi en Catalunya, el cual se convirtió en el semanario de los vascos situados en tierras catalanas —y de otros frentes, como por ejemplo el de Madrid—; se creó una emisora de radio...9
1 Cfr. entre otros; RUBIO, J.; La emigración de la guerra civil de 1936-1939, Madrid, San Martín, 1977. SORIANO, A.; Éxodos. Historia orial del exilio republicano en Francia, Barcelona Crítica-Grijalbo, 1989. DREYFUS-ARMAND, G.; El exilio de los republicanos españoles en Francia. De la Guerra Civil a la muerte de Franco, Barcelona, Crítica, 2000. ALTED, A. y L. DOMERGUE; El exilio republicano español en Toulouse, 1939-1999, Madrid, UNED-Presses Universitaires du Mirail, 2003. ROMERO SAMPER, M.; La oposición durante el franquismo. El exilio republicano, Madrid, Ediciones Encuentro, 2005.
2 ARRIEN, G.: La generación del exilio. Génesis de las escuelas vascas y las colonias escolares (1932-1940), Bilbao, Onura, 1983. ALONSO CARBALLÉS, J. J.: 1937. Los niños vascos evacuados a Francia y Bélgica. Historia y memoria de un éxodo infantil, 1936-1940, Bilbao, Asociación de Niños Evacuados del 37, 1998.
3 “Lehendakaritza. Atlee’ren urrutidatzia”, Eguna, Bilbao, nº 91, 17 Jorrailla (Abril) 1937.
4 Con la esperanza de que sirviera para modificar la pol?tica de neutralidad de las potencias democráticas. Cfr. UGALDE ZUBIRI, A.; “La actuación internacional del primer Gobierno Vasco durante la Guerra Civil (1936-1939)”; Sancho el Sabio, Vitoria-Gasteiz, 6 (1996), pág. 187-210 , cit. en p. 190.
5 SAN SEBASTIÁN, K.; Crónicas de postguerra, 1937-1951, Bilbao, Idatz-Ekintza, 1982, p. 44.
6 ARCHIVO DEL NACIONALISMO VASCO, Artea (Vizcaya), Sección “Archivo del Gobierno de Euzkadi”, 01.01 Departamento de Comercio y Abastecimiento, Correspondencia / 1937 -- 1938 / GE-0475-01.
7 UGALDE ZUBIRI, A.; “La actuación internacional...”, 1996, p. 194.
8 Sobre esta delegación, destaca el trabajo monográfico de ESCUDER SOLER, X. e I. GOIOGANA MENDIGUREN; “Historia de la Euskal Etxea de Barcelona”, Euskaldunak Munduan - Vascos en el Mundo, Vitoria-Gasteiz, Gobierno Vasco, 2003, vol. 5, pp. 47-268.
9 BOU, J. y F. X. MEDINA; “¡Cada día, catalanes, acordaos de Euzkadi!. La Semana Pro-Euzkadi (Barcelona, junio de 1937)”, Sancho el Sabio, 13 (2000), pp. 137-150, cit. en p. 139.
El exilio institucional: El Gobierno autonómico vasco y sus delegaciones en el exterior (1937-1965) (II/III)
Oscar ALVAREZ GILA, CBS-UNR Reno
Eneko SANZ GOIKOETXEA, Universidad del País Vasco
El exilio institucional: El Gobierno autonómico vasco y sus delegaciones en el exterior (1937-1965) (I/III)
El exilio institucional: El Gobierno autonómico vasco y sus delegaciones en el exterior (1937-1965) (III/III)
El paréntesis europeo: del final de la Guerra Civil a la caída de Francia
Junto con las delegaciones en territorio español, uno de los rasgos destacados de la proyección exterior del nuevo gobierno autonómico vasco fue la creación de una serie de oficinas en otros países. El carácter abiertamente internacional de la guerra, con la participación en forma de ayuda material y militar a ambos bandos, y los debates que surgieron en torno a las implicación de terceros países en el esfuerzo bélico de ambos contendientes, explica que el Gobierno Vasco recién constituido no limitara su representación exterior a la España republicana, sino que muy tempranamente se preocupara por abrir delegaciones en otros países europeos. El contexto en el que se movían estas delegaciones, además, era notablemente diferente al de las delegaciones creadas en España. A diferencia de éstas, que gozaban de un entramado jurídico que las protegía y en las que sustentaban su labor, en el caso de las oficinas abiertas en el extranjero existían serias dudas en torno a su estatus y su encaje en las definiciones habituales del derecho internacional:
Las Delegaciones vascas no eran representaciones de un estado independiente que dispusiese de su propio servicio exterior con embajadas y consulados, por lo que habitualmente no gozaron de un status diplomático a la manera habitual. Sí se ampararon algunas, al menos inicialmente, en las ventajas diplomáticas ofrecidas por las embajadas de la República española. Hecha esta salvedad, está admitido y comprobado por la historiografía que las Delegaciones del Gobierno Vasco alcanzaron un reconocimiento, si no diplomático, reiteramos, sí en gran medida político. Moviéndose entre ambos parámetros, los delegados enlazaron y trataron con los gobiernos de forma oficiosa, siendo aquéllos interlocutores válidos ante ministros, funcionarios de los ministerios de asuntos exteriores y diplomáticos.1
Todavía hasta fechas muy recientes, el debate en torno al estatuto jurídico de las oficinas abiertas por el Gobierno vasco —y posteriormente, por otros gobiernos regionales españoles surgidos al amparo de las constituciones de 1931 y 1978— se ha centrado en torno a consideraciones de derecho internacional clásico. Ciertamente, siguiendo dichos parámetros, no puede calificarse su actividad de diplomática en un sentido estricto y pleno, según viene definido en el derecho internacional, ya que las Delegaciones vascas nunca fueron concebidas, ni consideradas por sus interlocutores, como misiones o embajadas de un estado soberano. No obstante, si que ejercieron una labor paradiplomática en los ámbitos representativa, mediador, protector y propagandístico, tanto de cara a los propios vascos —“del exterior y del interior”, en la terminología que se acuñaría para diferenciar al mundo del exilio de la realidad en el propio País Vasco—, como en ocasiones en su proyección ante las autoridades de los países en los que se instalarían.
En una primera fase, y aunque ya para entonces se había hecho patente el interés del Gobierno vasco en otorgar un papel singular en su proyección exterior a aquellos países en los que existían importantes colectividades de inmigrantes vascos, la atención quedó centrada sobre todo en los países europeos. De este modo, la primera y más importante de las delegaciones se establecería en Francia, con una sede principal en París (1936) y otras secundarias en Bayona (1936), San Juan de Luz (1937) y Burdeos (1936), en un ámbito geográfico próximo a la frontera vasco-española. De hecho, serían éstas las únicas delegaciones exteriores creadas por el gobierno antes de su marcha al exilio; ya que el resto de oficinas instaladas en el continente europeo durante esos años (Bruselas, Londres2 y los intentos de delegación en Dublín, en 1937, y Ginebra, 1939) fueron abiertas cuando el gobierno ya había comenzado su peregrinar fuera del País Vasco.
La Delegación de París, puesta al mando de Rafael Picavea3, se situaría en un inmueble que acabaría por adquir tintes de leyenda en la memoria histórica de la lucha antifranquista en el País Vasco. Sito en el número 11 de la avenida Marceau, el palacete adquirido por el Gobierno Vasco para este fin, incluso, llegaría a servir de sede del propio Gobierno en el exilio en tres periodos: de julio a septiembre de 1937; de abril de 1939 a junio de 1940; y tras la derrota de la Alemania nazi, en 1946. Dos fueron los ámbitos preferentes de actuación adjudicados a la Delegación —ámbitos que serían también secundados por el resto de Delegaciones abiertas en otras capitales europeas—. En primer lugar, la Delegación se apresuró a crear un potente aparato de propaganda, que se puso en manos de Felipe Urcola y el historiador vasco-francés Eugène Goyhenetche. Asimismo se adquirió una imprenta en la que se editaría toda la propaganda antifascista publicada por la Delegación, en al menos siete idiomas diferentes, comenzando por el que sería el primer órgano de expresión del exilio institucional vasco, con una cabecera cuyo nombre adquiriría un notable éxito y sería repetido en iniciativas periodísticas similares en otras capitales, sobre todo en América, promovidas por las Delegaciones vascas. Nos referimos a Euzko Deya, que como su nombre indica, pretendía erigirse en la “voz de los vascos”, voz que se entendía acallada por el sojuzgamiento y la falta de libertades del régimen de Franco.
En segundo lugar, se buscó la creación de una red de pensadores y políticos locales que apoyaran públicamente la legitimidad y aspiraciones de la lucha del Gobierno vasco frente a la rebelión franquista. De este modo, a Delegación fue capital en la promoción y organización de la llamada Liga Internacional de Amigos de los Vascos (LIAB, en sus siglas francesas). La incertidumbre que se genera una vez que el bando franquista gana la guerra y ante el posible olvido del conflicto, hace que el Gobierno intente crear un organismo que tenga enlaces internacionales y que sirva de altavoz de los derechos vascos ante las autoridades gubernamentales y la opinión pública de todo el mundo. Con esa intención nacerá un 16 de diciembre de 1938 la LIAB, dividida desde el principio en dos grupos de acción: el primero, denominado “Comité de Ayuda a los Vascos”, se trataba de un grupo humanitario para proveer ayuda material a los refugiados; presidido por Monseñor Clément Mathieu; el segundo, llamado “Comité de Intereses Generales de Euzkadi”, estaría al cargo de la difusión internacional y propaganda. El núcleo de la LIAB estaba formada por cuatro personalidades de la jerarquía eclesiástica francesa, entre ellos, el cardenal Monseñor Verdier, arzobispo de París y Monseñor Feltin, arzobispo de Burdeos; tres personalidades católicas prestigiosas, entre ellos, François Mauriac y Jacques Maritain; cuatro destacados políticos, miembros del PDP (demócrata-cristianos, centristas), entre ellos Auguste Champetier de Ribes y el senador Ernest Pezet, que será el Secretario General de la LIAB; tres personalidades políticas católicas de izquierda; un antiguo combatiente; juntamente con Edouard Herriot, antiguo Presidente del Consejo, miembro del partido radical y que pasaba por tener ideas anticlericales. Se trataba, como se ve, de una composición muy dispar, buscada ex profeso.
Las sedes o subdelegaciones del suroeste francés y País Vasco-francés, por su parte, tenían una finalidad mucho más práctica: establecer una red de apoyos para ubicar y acoger a los exiliados vascos que permanecían expulsados fuera del País Vasco como consecuencia del avance del bando rebelde en la Guerra Civil4 y la definitiva derrota. Como recordaría, años más tarde, el segundo lehendakari Jesús María Leizaola:
(..) durante los primeros años nuestra actividad se centró en la creación de una especie de central, destinada a llegar a una masa importante de gente esparcida por Europa, América y otras partes del mundo, al tiempo que intentaba afectar de modo clandestino lo que pasaba en el interior del país. Nuestro trabajo fundamental era, en estos momentos, reagrupar al pueblo vasco procurando sacarle de las cárceles, alejándoles de la represión y de la persecución e intentando evitar que cayera en manos de los nazis y que tuviera que sufrir en sus campos de concentración.5
La primera de las delegaciones surgidas en este contexto fue la de Bayona, en octubre de 1936 (es decir, en una fecha muy temprana, pues se halla entre las primeras decisiones tomadas por el Gobierno Vasco tras su constitución. De hecho, puede incluso afirmarse que, en cierto modo, esta Delegación antecedió incluso a la constitución del propio Gobierno, porque ya desde julio del mismo año las llamadas Juntas de Defensa que se habían constituido en Vizcaya y Guipúzcoa habían enviado a J. Oruezabala a la ciudad de Bayona con este cometido.6 La Delegación contaba con un hospital entre Bidart y Guéthary, llamado La Roseraie, usado para el cuidado de enfermos y heridos evacuados desde la Euskadi republicana. Asimismo, era el responsable último de la gestión y aprovisionamiento de las diversas colonias infantiles, incluyéndose aquí los costes de los edificios y su mantenimiento, la manutención de los niños asilados, y el personal de administración y servicios y el profesorado que atendía a los niños. Como señalan De Pablo y Sandoval, la Delegación de Bayona se había convertido, junto a la sede del Gobierno en el exilio en París, “en los centros neurálgicos de la acción del Gobierno Vasco”.7
1 UGALDE ZUBIRI, A.; La acción exterior del nacionalismo vasco (1890-1939): historia, pensamiento y relaciones internacionales, Oñati, IVAP, 1996, p. 607.
2 Sobre las actividades de la Delegación vasca en Londres, cfr. IRUJO, M.; Inglaterra y los vascos, Buenos Aires, Editorial vasca Ekin, 1945. JIMÉNEZ DE ABERASTURI CORTA, J.C.; “Irujo en Londres (1939-1945)”, Vasconia, Donostia, 32 (2002), pág. 99-132.
3 IMAZ MARTÍNEZ, Í.; “Rafael Picabea Leguía, 1867-1946. Breve aproximación biográfica”, Bidasoako Ikaskuntzen Aldizkaria, 25 (2007), pág. 107-152.
4 En el artículo de Jesús María de Leizaola: “La organización política de los vascos”, Euzko Deya, Buenos Aires, nº 25, 10 de enero de 1940.
5 Declaraciones de Leizaola, en Euzkadi, Bilbao, nº 159, 6 de diciembre de 1979, Pág. 14.
6 UGALDE ZUBIRI, A.; “La contribución del Gobierno Vasco a la acción de la República Española ante Naciones Unidas en 1945-46”, en: Tusell, Javier (ed.), La política exterior de España en el siglo XX, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 1997, pp. 327-337, cit, en p. 336.
7 DE PABLO CONTRERAS, S. y T. SANDOVAL; “Im Lande der Basken (1944). El País Vasco visto por el cine nazi”, Sancho el Sabio, Vitoria, 29 (2009), pp. 157-197, cit. en p. 167.
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